La noche de la fiesta de los signos de puntuación
La noche de la fiesta de los signos de puntuación, dos cosas preocupaban a los organizadores: una, que el fuerte viento que soplaban la ciudad amilanara el animo de los invitados y, dos, que se fuera a presentar demasiado temprano el Punto Final, ese aguafiestas infaltable a toda camaradería.
Pero la cosa estaba funcionando. El malon se había iniciado a la hora y los invitados trataban de entretenerse lo mejor que podían. Ahí estaban los tildes saltando como niños sobre los muebles; ahí los puntos y seguido y los puntos y aparte mirándose desde lejos, hoscamente; ahí los puntos suspensivos, con su gesto siempre enigmático, conversando bajito entre ellos, dejando todo a medio decir; ahí los dos puntos metiendole conversa a medio mundo y dando la impresión de ser los que mas se divertían en la velada. Los puntos y comas, únicas parejas casadas entre los invitados, bailaban mejilla a mejilla en medio de la pista, mientras sus hijas gemelas, las comillas, sentadas modositamente en el suelo leían las carátulas de los discos o miraban los álbumes fotográficos de los dueños de casa.
Sin embargo, cada timbrazo en la puerta hacia estremecer de susto a los fiesteros. Mirándose entre ellos, le bajaban el volumen a la música y se quedaban un rato silenciosos y expectantes, pensando en que podía ser el Punto Final. Cuando el invitado mas cercano a la puerta, luego de mirar por el ojo mágico, abría y el que entraba era un signo de interrogación preguntando si acaso estaban todos sordos que no oían el timbre; o se trataba de un alharaco signo de exclamación que llegaba gritando que afuera el viento era un verdadero vendaval, carajo, que vengo mas helado que callo de pingüino, entonces todos respiraban tranquilos, subían de nuevo la música y continuaban el bailongo.
En un momento dado, cuando la fiesta estaba en su apogeo y no faltaba casi nadie, para evitar mas sobresaltos, y a iniciativa de dos guiones de aspecto categórico, se acordó no abrir la puerta a ningún invitado mas. No fuera a ser cosa que en una de esas apareciera el Punto Final.
Y ahí estaban, divirtiéndose y pasándola a todo trapo, cuando a eso de la medianoche el ¡ring! del timbre dejo a todos nuevamente paralizados. Un acento grafico que se acerco a mirar por el ojo mágico dijo en tono tranquilizador que no se preocuparan, que era solo el asterisco.
-Debe venir borracho como siempre –opinaron roncamente unos corchetes, que por no encajar en ninguna conversación eran los que menos se divertían.
Se armo entonces una ácida discusión sobre si era conveniente o no dejarlo entrar. Algunos opinaban que de ninguna manera, que el asterisco no era mas que un paracaidista desvergonzado, que no tenia nada que hacer ahí. Otros, en cambio decían que en verdad el asterisco era un punto con sus facultades mentales perturbadas, pero punto al fin y al cabo.
“Se cree un león melenudo” dijeron graciosamente unas comillas.
Desde su rincón en penumbras, un punto y aparte de expresión amilicada dijo que el asterisco no era loco ni cosa parecida, sino un intelectual demasiado fino. O sea un maricon redomado. Y que si de el dependiera lo dejaría helar de frío allá afuera sin ninguna contemplación.
Entonces, una liberal coma de poema erótico tercio para decir que si se había dejado entrar a las cremillas, que eran lesbianas declaradas, no veía por que no iba a entrar el asterisco. Que si era por discriminación sexual entonces tampoco debían haber dejado entrar a ese par de viejos verdes, dijo, apuntando con su copa a unos paréntesis que en un ángulo de la sala le habían hecho una encerrona unas comas livianas de cascos (de esas de enumeración caótica) que se morían de la risa.
Cuando al final se decidieron a abrir, el fiasco fue mayúsculo. El Punto Final irrumpió ordenándose el pelo y rezongando que el viento de mierda lo había despeinado todo, que con esa chasca debía parecer un puto asterisco. Y, acto seguido, cuadrándose ruidosamente en medio de la pista, rugió asnal y asmático que hasta ahí nomás llegaba el sarao.
-¡ Se acabo la farra, señores!




